Josefa Letechipía: la herencia poética que corre por mi sangre

Blog de Jennifer Letechipia

¿Qué tanto se hereda el talento y la pasión por el arte?
Es una pregunta que me llegó como un susurro antiguo, como una brisa que atraviesa generaciones, luego de enterarme que comparto sangre con una de las poetas zacatecanas del siglo XIX. Cuando lo supe, algo se acomodó dentro de mí. Como si una pieza faltante hubiera regresado a su sitio. Entendí mejor mi pasión por la lectura, por la escritura, por esa necesidad de nombrar el mundo con palabras que no siempre existen. Me sentí en sintonía con mis antepasados, como si la tinta que corre por mis venas ya hubiera sido usada antes.

La poeta de quien les hablo es Josefa Letechipía.

Una voz que cruzó el siglo

Josefa Letechipía fue una poetisa mexicana nacida en Zacatecas, activa durante la primera mitad del siglo XIX. Su nombre completo era María Josefa Letechipía Iriarte, y falleció en 1854. Su obra se difundió en publicaciones periódicas y colecciones literarias no solo en Zacatecas, sino también en Guadalajara, Ciudad de México y Aguascalientes. Esto fue posible, en parte, gracias a las redes de amistad que tejió con otros escritores, poetisas y editores de su tiempo.

Aunque su nombre aparece en varias antologías de poetisas mexicanas, el estudio profundo de su vida y obra ha sido limitado. Sin embargo, investigaciones recientes han logrado recopilar algunos de sus poemas, incluso aquellos que publicó bajo seudónimo. Su voz, aunque silenciada por el tiempo aún resuena.

Josefa fue una de las autoras incluidas en la Colección de varias composiciones poéticas de señoras zacatecanas, publicada en 1893 para la Exposición de Chicago. Sus poemas abordan temas diversos: el patriotismo, la identidad nacional, el amor, el duelo, la religión. Su mirada era amplia, profunda, capaz de tocar lo íntimo y lo colectivo con la misma delicadeza.

¿El arte se hereda? Lo que dice la ciencia

La pregunta sobre si el talento artístico se hereda ha sido objeto de estudio en diversas disciplinas. Un reciente análisis publicado por Paligmed y citado por investigadores como el Dr. David Shanks, del University College de Londres, sugiere que aunque hay componentes genéticos que pueden influir en la creatividad, el talento artístico no depende exclusivamente de la herencia.

De hecho, los estudios muestran que la práctica constante y el entorno familiar tienen un impacto más significativo que el talento innato. En experimentos con músicos, los más destacados no fueron necesariamente los más “dotados” genéticamente, sino aquellos que practicaban más y durante más tiempo.

La Dra. Mara Dierssen, del Centro de Regulación Genómica de Barcelona, ha estudiado gemelos criados en entornos distintos y concluye que el ambiente —la estimulación, el acceso al arte, el acompañamiento emocional— pesa más que los genes. En otras palabras, el arte puede ser una semilla genética, pero necesita tierra fértil para crecer.

Entonces, ¿qué heredamos realmente? Tal vez no el talento como una fórmula exacta, sino la sensibilidad, la inclinación, la apertura a lo simbólico. Y sobre todo, heredamos historias. Heredamos memorias que piden ser nombradas.

Redes de mujeres que escriben

Josefa no estuvo sola. Su obra dialogó con la de otras poetisas zacatecanas como Elodia Ruiz, Soledad Arias, Refugio Murguía de Ferniza, Manuela Rodríguez y Tomasa Serra de Villagrana. También colaboró con Guadalupe Calderón, con quien publicó en La Semana de las Señoritas. Su nombre fue mencionado por escritores como Francisco Zarco, y tras su fallecimiento, Aurelio L. Gallardo coordinó una antología en su honor, en la que participaron figuras como José María Vigil, Antonio Rosales e Ireneo Paz.

Estas redes literarias, tejidas por mujeres y hombres que creían en el poder de la palabra, son testimonio de una época en la que escribir era también resistir. Resistir al olvido, al silencio, a los márgenes. Y en ese sentido, Josefa fue una pionera. Una mujer que escribió cuando hacerlo era un acto de valentía.

El legado que se transforma

Gracias al trabajo de investigadoras como Berenice Reyes Herrera, hoy podemos acercarnos a la obra de Josefa Letechipía con mayor claridad. Fue gracias a ella que pude leer sus poemas, conocer su historia, sentir su presencia. Y fue entonces que entendí que el arte no solo se hereda: se transforma. Se adapta a nuevas voces, a nuevos contextos, a nuevas heridas.

Mi escritura no es la de Josefa, pero lleva su sombra. Lleva su impulso. Lleva esa necesidad de nombrar lo invisible, de hacer del dolor belleza, de convertir la palabra en puente. Y en ese sentido, escribir es también una forma de honrarla. De continuar lo que ella comenzó.

¿Y si el arte es una forma de memoria?

Hoy, cuando me siento a escribir, lo hago con la conciencia de que no estoy sola. Que detrás de cada verso hay una genealogía de mujeres que escribieron antes que yo. Que el arte es una forma de memoria, y que cada poema es también una conversación con el pasado.

No sé si el talento se hereda. Pero sí sé que la pasión por el arte puede ser una llama que se transmite, que se cuida, que se enciende en cada generación. Y si esa llama llegó a mí por medio de Josefa, entonces mi tarea es mantenerla viva. No por obligación, sino por gratitud.

Porque escribir es también recordar. Y recordar es resistir.

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Hello, It's me

Jennifer O. Letechipia escribe como quien lanza partículas al universo: con precisión, belleza y una pizca de caos. Es escritora, doctora en Ciencias. Su formación como QFB y especialista en medicina nuclear le dio el lenguaje de la ciencia; la literatura, el de las emociones. Hoy, los mezcla en historias que arden lento, como un reactor emocional.

Mis libros

"Not everything that burns is seen... sometimes it’s only written."

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